Escuchaba atento la lectura y no pude evitar sentir el violento palpitar de mi corazón “Pero si digo: No le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo , y no puedo”. (Jeremías 20:9) Me atrapó por completo el versículo y volví el rostro hacia el frente, mientras pensaba, “Este Jeremías si sabe describir el sentimiento de mi corazón”.Asombrado seguía escuchando lo que se hablaba de Jeremías, profeta del Antiguo Testamento, quien apenas un versículo antes aseguraba que cada que proclamaba, hablaba, gritaba ¡Destrucción, violencia! y como la palabra del Señor se volvía oprobio y escarnio cada día.Me quede quieto, pensando en las tantas veces que al hablar de Dios, me dijeron loco, se rieron de mí; me señalaban y aseguraban que nada de cuanto hacía o decía tenía sentido porque conocían mi pasado. Era en cada lugar, en cada espacio que visitaba. Cuando sepas quien es Dios y seas digno de Él. Pero el fuego seguía creciendo en mi corazón, estaba ahí, presente cada día.Sin embargo, hablar de Dios es, no una costumbre, sino una necesidad, convencido de que “nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. (Hechos 4:20)primero en nuestra vida, primero en nuestro corazón, primero en el perdón que obtuvimos, la forma en que fuimos llamados de las tinieblas a su luz admirable para dar testimonio de sus virtudes, de su infinita misericordia. (1 Pedro 2:9)La lógica marcaba el hecho de que frente a la cantidad de violaciones a la ley había condenación a nuestra vida; perdidos nuestros pasos nos conducían a una eternidad sin Dios. Sin embargo, la multitud de sus misericordias se extendieron frente a nuestra vida, frente a mi vida y todo cambió.Me buscó, me sacó de las zarzas entre las que me encontraba perdido, me tomo en sus manos, me colocó en sus hombros, me salvó.En eso pensé cuando escuché la queja de Jeremías. Una queja que está ahí, escrita y esperando que la leamos y entendamos que si aquellos que fueron profetas de Dios, temblaban y se sacudían en el dolor que causaba el desprecio y el olvido de los demás por el nombre de Dios. Nosotros con mayor razón, temblaremos, nos sacudiremos y anhelaremos en el corazón dejar de hablar de Dios, dejar de pronunciar su nombre y marchar en silencio en medio de la gente.Pero, no, no es posible, porque si nosotros calláramos, las mismas piedras darían testimonio de su amor. Igual que Jeremías, fuego nos consume y abre nuestra boca para proclamar el nombre poderosos de Jesús.Pablo, nos aconseja “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2) Eso nos lleva a reconocer que somos responsables de proclamar las buenas nuevas, el evangelio de Jesús.Esa es nuestra verdad, nuestra única verdad, proclamar a Jesús, hablar del amor de Dios, quien amo de tal manera al mundo y entregó a su hijo unigénito, para salvación de todos, por amor a todos.
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